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El resultado de estar constantemente pendiente de los demás es perder de vista las virtudes de uno mismo. Esa tentación se intensifica cuando se pone en marcha una iniciativa comercial, lo cual lleva a perder demasiado tiempo valorando las virtudes ajenas, en lugar de ponerse en marcha y avanzar. Entonces es habitual concluir que los otros están bendecidos, mientras uno debe luchar lo indecible para alcanzar los objetivos. No existe el doble rasero del que tanto se habla. La diferencia radica en las posibilidades, porque quienes tienen más recursos poseen mayor capacidad para convertir una desgracia en fortaleza, y les resulta mucho más fácil sumar adeptos a su causa.
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Sin embargo, el padecimiento de quienes carecen de
recursos es infinito, incluso el encono es más intenso, por lo cual, el destrozo entre
personas sin recursos en mucho más notorio. Esta es la realidad, y no por
negarla mil veces la haremos desaparecer. Otra cosa distinta es que la queramos para
nosotros o no.
Pensar que otros sufren más que uno mismo, no soluciona nada. Aunque, infelizmente, muchos se conforman con eso para justificar su pasividad, renunciando a resistir y seguir adelante. Quizá el motivo de la ponderación de las desgracias ajenas sea que siempre las vemos de lejos, son completamente intransferibles, cada cual las debe asumir en solitario e imponerse, porque nadie se ofrecerá a cargar con ellas. Desear la desgracia a otros es desconocer el camino que le espera a uno mismo.
Si volvemos a la experiencia empresarial, encontraremos un ámbito sumamente proclive al empeño por destruir al otro, sólo por ver a la otra persona derrumbada, intentando destruir su entorno o su legado, sin ningún remordimiento. Como es natural, esto no es nada sencillo, porque muchas veces la destrucción indiscriminada del otro destruye a uno mismo, despojándole de su valor, de su integridad, de sus recursos personales.
Pero, nadie dijo nunca que las relaciones fueran a ser fáciles entre las personas. Tanto es así que buscar la desgracia de otros a toda costa suele ser habitual, o proferir insultos sin pensar en las consecuencias. Todo se debe, según entiendo, a que estamos atropellados de la inmediatez, por lo cual no resulta fácil reflexionar sobre las acciones y escoger las mejores alternativas. No obstante, nada es casual en esta vida, ni siquiera las heridas causadas a otros son fortuitas ni remediables. De nada sirve pedir disculpas cuando el mal ya está hecho, porque el dolor y el perjuicio no se alivia con las palabras o con el arrepentimiento, sino evitando llevarlos a cabo.
Seguir a @RoberttiGamarra
Pensar que otros sufren más que uno mismo, no soluciona nada. Aunque, infelizmente, muchos se conforman con eso para justificar su pasividad, renunciando a resistir y seguir adelante. Quizá el motivo de la ponderación de las desgracias ajenas sea que siempre las vemos de lejos, son completamente intransferibles, cada cual las debe asumir en solitario e imponerse, porque nadie se ofrecerá a cargar con ellas. Desear la desgracia a otros es desconocer el camino que le espera a uno mismo.
Si volvemos a la experiencia empresarial, encontraremos un ámbito sumamente proclive al empeño por destruir al otro, sólo por ver a la otra persona derrumbada, intentando destruir su entorno o su legado, sin ningún remordimiento. Como es natural, esto no es nada sencillo, porque muchas veces la destrucción indiscriminada del otro destruye a uno mismo, despojándole de su valor, de su integridad, de sus recursos personales.
Pero, nadie dijo nunca que las relaciones fueran a ser fáciles entre las personas. Tanto es así que buscar la desgracia de otros a toda costa suele ser habitual, o proferir insultos sin pensar en las consecuencias. Todo se debe, según entiendo, a que estamos atropellados de la inmediatez, por lo cual no resulta fácil reflexionar sobre las acciones y escoger las mejores alternativas. No obstante, nada es casual en esta vida, ni siquiera las heridas causadas a otros son fortuitas ni remediables. De nada sirve pedir disculpas cuando el mal ya está hecho, porque el dolor y el perjuicio no se alivia con las palabras o con el arrepentimiento, sino evitando llevarlos a cabo.
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