Vivir en estado de confinamiento, donde los días transcurren
de manera diferente a como lo hacían hasta ahora, naturalmente, es complicado.
El tiempo se convierte en una ventana de observación, y los ecos del exterior
se agolpan en la televisión, las redes sociales, la radio, etc. Por cierto, no
siempre con la mayor fidelidad.
Mantener la ilusión en algo
convierte un día normal en una explosión de esperanza, y actúa como antídoto
del desaliento. Antes de seguir, es importante acotar que no nos referimos a lo
que el diccionario define como una representación sin verdadera realidad,
sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
Naturalmente, aquí nos referimos a la otra acepción del diccionario que la
define como esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. Sea
como fuere, la ilusión aporta un extraordinario valor añadido al día a día de
las personas.
Últimamente, de manera recurrente, algunos dirigentes políticos son expulsados de las manifestaciones, aunque acudan para apoyar las reivindicaciones de los participantes.
En estos días de intensa discusión para discernir sobre si los hijos pertenecen a los padres o si los hijos no pertenecen a los padres, controversia sobre el que todo el mundo parece tener opinión, queda una pregunta en el aire, ¿deberían los hijos tener los mismos derechos que los padres? Y si esto fuera así, ¿tiene recorrido en una sociedad acostumbrada a restringir la figura infantil al mínimo, con procedimientos deliberadamente restrictivos?
Vivimos días de debate social encaramados a una brusquedad verbal inaudita. Asistimos a una oratoria política intensa que, por desgracia, se ha trasladado a la sociedad. Hasta hace muy poco no estaba bien visto recurrir al lenguaje violento, ofensivo, fuera de lugar, pero una vez asumido este modo por la clase política, la niebla ha bajado sobre la gente y ahora son recurrentes los calificativos como fraude, estafador… Insultar ya no cuesta nada.
En el transcurso de una conversación, alguien sostuvo que los seres humanos llevaban en los genes el miedo a lo fácil, afirmando que si una persona consigue algo con facilidad, siempre tendía a cuestionarse la veracidad de sus logros. Pareciera como si la prosperidad dócil estuviera supeditada a un juicio posterior. Entonces es cuando se actúa en contra de lo fácil y se empieza a embarrar el terreno del éxito.
¿Ayudan los elogios a regenerar el estado de ánimo? Sí. Un elogio honesto eleva sustancialmente el autoestima. Entonces, ¿por qué es tan difícil darlos o recibirlos? En el día a día, los elogios casi resultan impracticables y muchas veces están supeditados a compromisos, cargos, caprichos y un sin fin de factores ajenos al mérito. El ser humano, a pesar de ambicionar con pasión los elogios, parece incapaz de practicarlo gratuitamente, siempre lo supedita a algo. En eso radica el error, no tanto en la desgracia de no obtenerlo, sino en la forma de anhelar recibirlo sin dar.
En estos días de actualidad política efervescente, sobre todo por el ala extrema de la derecha, que nos tiene perplejos y desmoralizados, vale la pena hacer una pequeña reflexión sobre nuestra contribución, como ciudadanos libres, en todo esto. ¿Cuánto hemos puesto y hemos quitado en la configuración de las fuerzas políticas emergentes? Hablo de los bloques que dominan la actualidad de varios países del mundo, esos que vitorean el brexit o que se niegan a firmar el acuerdo sobre el cambio climático.
Fijar objetivos claros para argumentar una idea o acometer una acción es como definir
el ADN del producto, estableciendo las normas formales por donde trascurrirá su
evolución. En pequeña escala, el ser humano no emprende ninguna actividad sin
haber determinado antes una estrategia de actuación. Nuestro automatismo emocional
ante un emprendimiento se fundamenta en el análisis espontáneo del
coste-resultado, si bien no somos capaces de percibirlo racionalmente. En el
momento de enfrentarse a cualquier acción, la mente realiza un rápido análisis
de lo que vamos a hacer, cómo lo vamos hacer y los posibles resultados. Aunque prácticamente
nunca reparamos en el alcance conceptual de la estrategia de cumplir los
objetivos, si analizamos cualquier evento, por ejemplo salir a caminar al final
de la tarde, nos daremos cuenta de que antes de emprender la marcha hemos
establecido un mapa de causa-efecto para llevarla a cabo, pensando cuánto
tiempo estaremos entregados a la actividad, qué distancia recorreremos, cómo
iremos vestidos, qué buscamos...
Interés poductivo, la mejor manera de aprovechar el conocimiento se convierte en libro.
En el proceso creativo, la primera fase, la de ensamblar las
ideas y convertirlas en un producto, suele ir mucho tiempo y esfuerzo. Sin
embargo, en la etapa de materialización de la idea, ese momento donde el
esfuerzo se transforma en una realidad visible a los demás, quizá sea la más
importante y es donde se necesita poner todo el empeño, porque fracasar en ese
momento, es el fin del proyecto.
Con Interés Productivo, estamos en esa fase, en la de
intentar hacer visible el proyecto a través de una campaña de crowdfunding que
debe transformarse en la materialización de la idea, un libro que ayudará a
entender cómo se crea un proyecto, cuales son las dificultades a superar, dónde
se debe poner más empeño para vencer el miedo y no arrepentirse, o cómo
gestionar el éxito para no acabar consumido por su grandeza hipnótica.
Este proyecto ya ha pasado por todas las fases iniciales e
intermedias: el contenido del libro ya
está terminado, el diseño de la portada,
un trabajo de Gael, un niño de 9 años que ha simplificado en tres viñetas todo
el conjunto de todo el libro, y la campañade crowdfundingen Ulule, supeditada a la aportación de mecenas que formarán el gran
grupo de autores de este material.
A partir de aquí, sólo cabe esperar a que se genere un interés productivo en este proyecto y,
entre todos, llevar a buen puerto esta embarcación de ilusiones.
Lo último que queda es pedirte tu ayuda, por si tienes a
bien convertirte en mecenas o ser el
portavoz del proyecto compartiéndolo con tus amigos y conocidos.
Buen susto me
llevé, igual que don Fernando Lázaro Carreter en su "dardo en la
palabra", en la final de la Liga de Campeones de fútbol, cuando el
relator deportivo se empeñó en radiar que "...pese al buen juego de los dos
equipos, el marcador sigue inalterable".Por un momento pareció que el resultado, a pesar delesfuerzo de los contendientes, ya estaba
decidido, todo ello cuando uno de los equipos ya había anotado un gol y había
alterado el resultado inicial. En este caso se produce una utilización
precipitada de la palabra inalterable,
cuyo significado según la RAE es: “Que no se altera o no se puede alterar”. En
ese mismo partido, el comentarista se quejaba de la pasividad de los defensores
ante la arremetida del rival diciendo que se empleaban excesivamente expeditivos. Quizá no lo supiera él, pero el uso
habitual del adjetivo expeditivo,
aunque poco oportuno para el fútbol, es justamente lo contrario a lo que
deseaba decir.
¿Estamos todos excesivamente ofuscados? Lo digo porque a partir de la entrada que publiqué con el título ¿Escribes o enredas?, he recibido algunos comentarios de autoeditores que se sentían ofendidos, aduciendo que sus trabajos valían tanto como los publicados por editoriales tradicionales. Sólo me cabe decir que respeto sus trabajos tanto como cualquier otro. Sin embargo, sostengo la idea de que cocinar para uno mismo no convierte a uno en chef, por más que el plato se base en los mejores ingredientes.
Hace unos
días hable de la sobreabundancia de personas que se creen
escritores. Desde mi punto de vista, claro está. En esta ocasión vuelvo sobre
el tema de la escritura, pero en otra vertiente que también me llama la
atención, el ser famoso a toda costa;
cómo algunos buscan desde el primer momento hacerse famoso con su texto, sin
siquiera haberlo público ni saber si lograrán hacerlo.
En estos días, cuando de verdad se asoma
la posibilidad de convertirme en un escritor, me asaltan algunas dudas sobre el
arte de escribir. Lo primero que me encuentro, como en cualquier otro ámbito
profesional, es que hay una sobreabundancia de personas que se consideran
escritores. Muchas de ellas me acusarán de pretencioso o de egoísta incluso, por
considerar que lo mío es mejor que lo suyo, que mis escritos son mejores que
sus historias. Sin embargo, sin ningún ánimo de consideración diré que algunos
escriben, y por lo tanto les podemos llamar escritores, y otros solo enredan y
por lo tanto no deberían llamarse como tales.
Este lunes 8 de junio, en Madrid, haremos la presentación de mi tercera
novela, titulada Cruzar la montaña partida. Como en las dos anteriores, tanto
Las botas del rey como El abrevadero de las bestias, el hilo conductor de esta
historia es la realidad de Paraguay en los años 70, donde se traman vivencias y
hechos de los que muchos siguen hablando.
A pesar de la abundancia de noticias, de perfiles
muy diversos, vivimos estos días abrumados por el accidente aéreo de
Germanwings; seguimos puntualmente las crónicas sobre lo ocurrido, estamos ansiosos
por conocer los detalles o los motivos que provocaron el accidente. Sin
embargo, este hecho deja al descubierto que no estábamos tan atentos a otras
catástrofes hasta que el evento nos ha tocado a nosotros. Naturalmente que
ahora estamos más afectados, porque lo vivimos muy de cerca, el avión ha
partido de uno de nuestros aeropuertos, y es lógico sentirse consternados.
Digamos por ello, que la indiferencia es nefasta.
Hablemos
de opinar. Pero honestamente. ¿Somos capaces de hacerlo? Deberíamos dominar el
arte de emitir y recibir las opiniones de otros, pero, infelizmente, no sabemos
hacer bien una cosa ni otra. Ahora bien, somos cada vez más proclives a quemar
el puente que podría ayudarnos a sortear las desigualdades, sin darnos cuenta
de que haciéndolo nunca lograremos tejer una sociedad íntegra y productiva. No
sé si esta realidad se debe a que los potenciales opinadores siempre son los mismos, al menos en los medios, y los
receptores se han conformado con escuchar, morderse la lengua y seguir con sus
cosas.